Cada
año, y por esta época, las autoridades municipales y departamentales reciben
una gran presión de la ciudadanía por cuenta de la falta de control y uso
indiscriminado de la pólvora, las altas cifras de quemados, donde los niños y
niñas siempre ponen la peor cuota; y por el vergonzoso escalafón en el cual se
ubica la ciudad y el departamento comparado con el promedio nacional: siempre
estamos en los primeros lugares.
Aunque
las cifras se han publicado bastante en los medios, vale la pena anotarlas: en
Colombia, en lo que va corrido de diciembre se han presentado 337 personas
quemadas con pólvora de las cuales 105 corresponden a Antioquia. El aumento en el departamento es de 11 casos
más que el año anterior a la misma fecha y 53 de los afectados son menores de
edad.
Medellín
y el Área Metropolitana aportan la cuota más alta, con cerca de 80 del total de
víctimas. Lo que ubica a la capital como el principal foco de este panorama. Adicionalmente,
en lo que va del año a cuatro personas les han tenido que amputar partes de su
cuerpo debido a la gravedad de las lesiones provocadas por la pólvora.
Dichas
estas cifras, es también importante anotar que tanto la Alcaldía de Medellín
como la Gobernación de Antioquia preparan campañas publicitarias, desde el
segundo semestre de cada año con el fin de alertar a la ciudadanía sobre los
riesgos del uso de la pólvora, en las cuales se invierten importantes recursos
que pueden superar los doscientos o trescientos millones de pesos por campaña.
Como
actos administrativos se emiten decretos que prohíben la fabricación, venta y
comercialización de este tipo de materiales en el municipio de Medellín y,
mediante los consejos de seguridad, se le solicita a la policía y ejército que
presenten mayores resultados en cuanto a incautación de este tipo de materiales,
realicen capturas, materias primas, entre otros.
Este
es un menú que se repite cada año, esperando que con las mismas acciones se
obtengan resultados diferentes, las cuales se desarrollan entre otras cosas,
porque hacen parte de un “guión” no formalizado, pero continúo de lo que se
supone se debe hacer con el asunto de la pólvora desde los gobiernos locales.
La formula es simple : campaña publicitaria y medidas restrictivas durante el
mes de diciembre, ha mostrado que no funciona pero sirve para mostrar que algo
se hace.
Luego
se deja atrás pues viene otro tema, y otro y otro, sin evaluar los resultados
que se obtuvieron, sino hasta que nuevamente llegue diciembre para desempolvar
la misma receta.
Publicidad que reemplaza a la comunicación
Hecho
este recuento llegamos al punto que realmente es de mi interés, y consiste en
evidenciar como un fenómeno que es profundamente social, cultural y que ha
logrado instalarse de manera profunda en la idiosincrasia de gran parte de
nuestra población, se busca resolver mediante campañas publicitarias como si se
tratara simplemente de vender un producto o posicionar una marca.
Y de
cómo, hemos relegado la función de la comunicación como agente de
transformación cultural, generador de acuerdos sociales, movilizador y
profundamente educativo, tal como lo es el mismo sistema de educación; a un
plano puramente instrumental y marginal, en el cual su principal función es
definir la imagen y piezas publicitarias de una campaña y construir los planes
de medios para difundirlas.
Hemos
dejado así el papel de análisis social, interpretación de sentidos, de actores
e intereses involucrados, de diálogos y lenguajes, de prácticas culturales y
razones por fuera de lo que se supone debe ser una iniciativa para la
transformación y superación cultural de un fenómeno social, como es el caso del
uso de la pólvora.
Además
de este enfoque, que deja a la comunicación por fuera de su sentido más propio,
son acciones que se desarrollan dentro de una coyuntura, en periodos de tiempo
muy cortos y sólo mientras el efecto más evidente del proceso se presenta a la
luz pública: los quemados. Mientras tanto a lo largo del año los productores de
pólvora consiguen insumos, fabrican y almacenan para tener listo desde el mes
de octubre una gran oferta de productos para que la gente “haga su fiesta”.
En
la lista de preparativos de la reuniones sociales, conjuntamente con el marrano
o la cena, están ya presupuestados los voladores, las papeletas, los tacos, las
chispitas mariposa. Varios municipios del Área Metropolitana y Antioquia,
favorecen que sus habitantes fabriquen pólvora, pues lo reconocen como una
forma histórica de actividad económica y fuente de empleo, y sus mandatarios
dudan en prohibirlo, pues no tienen otras ofertas para presentarles y porque
tampoco están dispuestos a sacrificar su popularidad.
Todo
este entramado de intereses, necesidades, practicas culturales, entre otros
ocurre, cuando “todavía no ha ocurrido nada”, y por lo tanto poco interesan en
una estrategia que sólo es una campaña.
No
estoy planteando con estos argumentos que las campañas no son necesarias o que
el tema de imagen y publicidad no cumple un rol significativo en los procesos
de comunicación, pero sí es fundamental aclarar que es solo un componente, y
que de manera única, demostradamente no funciona, en los procesos de
transformación cultural que requiere nuestro departamento, ciudad y país.
La
principal función de la comunicación es el cambio cultural
Al
igual que la educación, una de las principales funciones de toda comunicación
es la transformación de la cultura, es la superación de ciertos estadios en sus
habitantes, por otros que consideramos superiores.
En
este proceso podemos echar mano de la publicidad, de las campañas
publicitarias, de los planes de medios, de la imagen, la psicología del color;
pero siempre este será sólo un instrumento y complemento de una estrategia de
comunicación, plan, proyecto de comunicaciones o como lo quieran llamar que
busque lograr cambios culturales de la sociedad o de una parte de ella.
Es
entonces este un llamado en primer lugar a todos los comunicadores y comunicadoras
responsables de las estrategias que desde el estado y otros organismos buscan
generan transformaciones culturale; y también a los gobernantes para que las
estrategias que implementen realmente cumplan con los impactos y efectos que se
esperan y no simplemente sean acciones de “guiones” no formalizados que sirven
como respuesta ante el “que se está haciendo”, pero que no logran los avances
que finalmente debemos tener como sociedad.